Uno, dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis vellos puedo arrancarme de un solo tirón. Juego con mi barba cada vez que algo pasa, no importa si es bueno o malo, juego con ella. Me crece china, cuando me hecho agua quedan atrapadas algunas gotas en ella, como si estuvieran suspendidas cual equilibrista en la cuerda, y ahí se quedan hasta que, con mi mano, las quito.
De tanto que me arranco los vellos pienso que me quedare sin barba, escarbo con los dedos y siento mi piel, suave, escondida bajo una maraña de espinas negras torcidas, ahí está, esperando para ver la luz del sol. Imagino unos pequeños solares, islas de arena prieta en un mar negro y denso.
Y esto se ha convertido en una manía, por eso no me gusta dejar crecer mi barba, entro en un círculo vicioso que sólo tiene una salida posible, resurarme. Pero a su vez, odio rasurarme, me molesta pensar, me aturde pensar, en el cuidado semanal de mi vello facial, no me gusta todo lo que requira constancia, Entre menor sea el esfuerzo, mejor. Mi barba, por naturaleza, crece con forma, no necesito podarla porque ella sola se norma, lo unico malo es que no cierra el candado. Todo mi vello, y también mi cabello, tiende a crecer en volumen, en cantidad, y no en largo. Asi que llega un momento en que una mancha negra rodea mi rostro, unas pequeñas manchas, pestañas y cejas pobladas, rematan el collar de pelo.
Mi barba encarna mi tipica desidia, sólo se va cuando voy a la peluqueria a que una maquina, y el peluquero, hagan el trabajo por mí. No soy un ilustrado, prefiero pagar.
La sensación al tacto es suave, como pasto mecido al viento, se entrelazan, flotan mis dedos, tocan sin profundizar.
Y es así cuando volvemos a empezar, el ciclo se repite. Cabello y barba corta en una eterna pelea por ver quien gana en volumen y cada día es un recordatorio más, el destino es inexorable ya.
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